Primera parte

Un polaco, un varsoviano del barrio de Mokotów, teniente del batallón Zośka y que había participado en el Levantamiento de Varsovia, se encontró tras la caída de este en un campo de trabajos forzados en Núremberg. Trabajaba duramente en el ferrocarril.

Era el mes de noviembre del año 1944. El ejército de la Alemania de Hitler se batía en retirada en todos los frentes. Los alemanes dejaron de dar de comer a sus prisioneros. Ellos mismos recibían unas porciones escasas y no con regularidad.

Bien entrada la tarde ocurrió algo que le devolvió la fe y la esperanza. Hacía un frío terrible y viento. Estaban arreglando unas vías. Los obreros estaban tan alejados los unos de los otros que no les alcanzaba la vista para ver a los otros. Estaba helado de frío, extenuado y hambriento. Ya no tenía fuerzas para clavar con el zapapico los largos clavos en la tabla de madera. Se sentó en las vías. Empezó a nevar. Los grandes copos bailaban por todas partes y al poco tiempo todo se cubrió de un manto blanco. Puso los codos en las rodillas y se cubrió la cara con las manos. Tenía los ojos cerrados.

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