La península en sí es excepcional, aunque esta localidad es incluso más especial. No importa cuántas veces esté aquí, siempre siento algo difícil de expresar. Una estrecha lengua de tierra se adentra en el mar como si fuera un golfo. ¿Se puede acaso considerar a esta pequeña franja una barrera terrestre sólida? Por supuesto que no. Si cualquier tormenta fuerte entrara en la península, el golfo dejaría de existir. ¿Así que, qué es? ¿Una realidad o una ilusión?

Para cualquier amante del mar, estar aquí es toda una fiesta. Para un burgués, es ennoblecerse y pasar a la categoría de un pescador, de un corsario, de un pirata, o al menos, de un grumete que siente aquí la infinidad del agua que lo rodea. Es volver a uno mismo, a las viejas vivencias y anhelos. Es ver el mundo con los ojos de un niño, con los vivos colores de la juventud y ver los lugares conocidos como si fuera la primera vez. Es redescubrirlo todo y embelesarse con el encanto de algo irrepetible, así como con la belleza de lo que ha nacido hace poco tiempo.

Cuando me preguntan qué significa para mí este lugar de la península, respondo sin vacilar que es la experiencia más maravillosa en el camino hacia el conocimiento de la belleza. Es el olor del cuerpo de Ewa, una rubia con el pelo suelto acariciado por el viento y con el rostro curtido por el viento y el sol. Es una noche de luna en la que dos seres, en la playa, han hallado refugio seguro en un cesto de mimbre y se sumergen en el sabor sin fin de los primeros besos. Es el temblor de unas manos entrelazadas y el calor de unas cabezas pegadas, que resulta tan agradable en el incipiente frío del amanecer. Es el roce del primer encuentro entre ráfagas de viento que trae el omnipresente polvo dorado. Es la nana que entonan las olas del mar al romper rítmicamente contra la arena. Es el murmullo del agua entre las piedras arrastradas hasta la orilla.

Es el haz de luz de un faro que, por la noche, inclemente atraviesa una y otra vez la playa, el cesto y a la pareja enamorada que se abraza, mientras desean con todas sus fuerzas la intimidad. Una intimidad, que está llegando inevitablemente a su final. Ninguno puede saberlo, por lo que gozan del arrebato de pasión. Si son sensibles y se sienten en paz consigo mismos, la separación no borrará el encanto de esos maravillosos momentos.

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