–¿Estás dormido? –le preguntó, aunque estaba segura de que sí.
–Estaba dormido… ¿qué te pasa? –le oyó decir tras un largo momento.
–Si quieres, te cuento mi sueño.
–¿Y no puedes contármelo mañana? –Adam entreabrió los párpados con dificultad. A los ojos le llegó el haz de luz de una farola a través de la cortina ligeramente descorrida.
–No, tengo que hacerlo ahora para que no se me olvide… –dijo ella lentamente, con una insistencia palpable.
–De acuerdo, cuéntamelo, pero no te enrolles, por favor. Mañana tengo que levantarme antes de lo normal.
¿Qué se le ha pasado por la cabeza?, pensó él. Todo el tiempo está diciendo que está cansada. Y lo parece. Últimamente cae rendida como un tronco por lo que mantenemos cada vez menos relaciones.
– Lo que pasaba era que –dijo Dominika– alrededor de la una no bajé para almorzar al bar de la primera planta, como de costumbre, sino que bajé en ascensor y fui en dirección a la calle Świętokrzyska. Cuando pasé por la esquina entre Czackiego y Mazowiecka1, vi unas mesas muy pegadas entre sí que ocupaban gran parte de la acera. No hacía mucho que se había abierto ese bar, justo después de la inauguración de la segunda línea de metro. Todas las sillas estaban ocupadas.
Entré y tras sortear a la masa de clientes logré encontrar una silla libre. Al otro lado de la mesa estaba sentado un chico moreno. Sin lugar a dudas, era extranjero. Le delataban sus facciones, las cejas casi unidas, la tez morena y el pelo largo que le llegaba hasta los hombros. Pensé que sería artista o escritor. Me miró con una delicadeza conmovedora y, sin decir nada, me indicó que me sentara enfrente. Asentí con la cabeza y me senté, cruzando las piernas. Mientras leía el menú, de vez en cuando le echaba un vistazo con una curiosidad difícil de encubrir. Sus movimientos y su apariencia se caracterizaban por una elegancia despreocupada. Tenía más o menos cuarenta años, tal vez menos.
–Soy Rafael –se presentó inesperadamente y sonrió– ¿y tú? –preguntó.
–Dominika –respondí diciendo la verdad, y nos dimos la mano. Él retuvo mi mano un instante más de lo normal.
¿Ha querido dar a entender algo con eso?, pensé durante un instante. Yo estaba comiendo unos espaguetis boloñesa mientras él seguía con la conversación. Hablaba con acento extranjero. Pronto me enteré de que era español, de Sevilla. Desde hacía dos años estaba haciendo un doctorado de literatura polaca. El bar le quedaba cerca de la Universidad2 y le gustaba mucho el ambiente.
–¿A qué te dedicas? –me preguntó.
Le resumí en pocas palabras en qué consistía mi trabajo en el estudio cinematográfico. Que me ocupaba de muchas cosas a la vez, desde la organización y la mercadotecnia hasta de la producción. Pareció interesarse por mí, me hizo diferentes preguntas a las que yo respondí con gusto. Le dije que me encantaba mi trabajo, que me absorbía completamente; hasta el punto de que no le concedía mucha importancia a mi vida personal. Cumplía únicamente con
un estándar común y corriente. Adam se incorporó un poco y con un enérgico movimiento puso una almohada en el
respaldo de la cama. Apoyado en ella, sentado, la escuchó mientras seguía con la narración. Se le había pasado por completo el sueño. Sin decir una palabra, escuchaba en silencio a Dominika relatar su sueño:
El tiempo me apremiaba, ya que me quedaba un cuarto de hora para una reunión con un guionista. Levantándome, le tendí la mano a Rafael.
–¡Ha sido un placer conocerte! –me dijo.– ¿Podrías darme tu número de móvil? Este es el mío –añadió, entregándome su tarjeta.
–Por supuesto –dije, y lo anotó en una agenda pequeña que sacó de un bolsillo de su
chaqueta.
–Dominika, ¿vas a venir aquí mañana? –preguntó.
–No sabría decirte, porque en el trabajo el horario cambia todo el tiempo.
Volví un poco embriagada por el encuentro. Llegué unos minutos tarde y los miembros del equipo al verme me señalaron el reloj que colgaba en la sala. Tenía que dejar de pensar en Rafael. Tenía pinta de que iba a haber una discusión, y no dudaba de que iba a ser dura y encarnizada como siempre.

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