Llegó al aeropuerto de Zúrich en el taxi más barato de Airport Taxi, tres horas antes de la salida del vuelo. Normalmente evitaba ir en taxi, que en ninguna otra ciudad eran tan caros como en Zúrich. Por el trayecto desde el centro de la ciudad había pagado cincuenta francos. No tenía sentido arrepentirse, por la tarde la ciudad podía atascarse de un momento a otro. Klaus había querido hacerle el check-in en línea, pero no le dejó. Hacía mucho tiempo que no volaba y le podía el estrés. ¿Y si algo iba mal? Decidió hacer el check-in en la terminal. Por lo menos, en el mostrador uno puede intercambiar unas palabras con los empleados. ¿Y si le surgía alguna pregunta?

En el panel de información encontró su vuelo, el nombre y el número; la hora estimada de salida eran las 12:45. El check-in a Marsella lo abrieron dos horas antes de la salida. Como llegó pronto, no había mucha cola. Se sintió más tranquila cuando la cinta transportadora se llevó su maleta grande y ella, ya con su tarjeta de embarque, pudo seguir adelante arrastrando una maleta de mano con la etiqueta correspondiente. Respiró cuando tras pasar el control de pasaportes y de seguridad pudo sentarse en la zona libre y tomarse un café mientras daba sorbos a un vaso de agua fría. Tenía tiempo, quedaba todavía una hora hasta la salida. Podía estar contenta, todo había ido como la seda. Muchos de los equipajes hacían que saltara la alarma cuando pasaban por el control de seguridad, las bandejas se quedaban paradas en la cinta transportadora y los arcos de detección detectaban continuamente algún objeto de metal de los viajeros. En el Duty-free, lleno de perfumes, ropa, joyas y relojes, en los bares y en las cafeterías había un movimiento animado. No ha cambiado nada, pensó. Aquí, la gente se dejaba llevar por el amok, un deseo irrefrenable de ahorrar que normalmente lleva a hacer compras innecesarias y no precisamente baratas.

En la tarjeta de embarque el asiento que aparecía era el 16A, y la puerta de embarque, la 36. Le gustaban los números pares, una buena señal, pensó. Llegó a la puerta indicada y miró a su alrededor. Había mucha gente. Seguro que no va a haber muchos asientos libres en el avión, pensó. Algunos pasajeros impacientes estaban de pie delante de la puerta, pero la mayoría esperaba sentada.

El avión de la compañía EasyJet Switzerland se situó al lado de la pasarela por la que entró directamente en la cabina. El pasajero que estaba en el lado del pasillo de su fila la ayudó a poner la maleta en el portaequipajes. Era la primera vez que volaba con una aerolínea de bajo coste, sin embargo, en contra de lo que se temía, el asiento le resultó cómodo. Envió un SMS a Klaus: “estoy en el avión, ¡todo bien!” y activó el modo avión.

El despegue no duró mucho tiempo, el avión alcanzó la velocidad adecuada rápidamente y subió bruscamente. Sintió alivio cuando se pudo desabrochar el cinturón. Estaba sentada al lado de la ventanilla, y un asiento desocupado la separaba del otro pasajero de la fila. Por la ventana vio una franja azul del lago que no tardó en desaparecer.

El chico era un joven que no tendría más de 20 años. Era moreno, de estatura mediana y estaba sentado sin moverse. No hacía nada. Tenía la mirada perdida. Se dio cuenta de que no reaccionaba ante nada de lo que pasaba en el avión.

Rechazó la pregunta de la azafata con la cabeza. Parecía ausente. Candice lo observó con atención. Llevaba un jersey gris holgado, unos vaqueros ajustados y unos mocasines. Tenía la piel bastante oscura, un perfil noble y una línea de ojos delicada.

¿Permite que me presente? –dijo ella en francés, superando una resistencia interna. –Mi nombre es Candice, ¿es un nombre raro, verdad?

Mucho gusto –respondió.

Candice prosiguió sin perder el ánimo:

Hacía mucho tiempo que no volaba. Mi marido y yo tenemos una casa grande al lado del lago, allí estamos de maravilla, ya no nos atraen los viajes largos. Preferimos la paz, desde hace diez años vivimos allí desde principios de primavera hasta finales de otoño. Estamos solos, los vecinos más cercanos están a una distancia considerable. Perdóneme, rara vez tengo la oportunidad de charlar con alguien. Tengo que ir a Francia. Mi hija Monique vive cerca de Marsella. Hace poco enfermó de gravedad, está sola. Su marido, Stephane, está lejos, trabaja en Chile. De cualquier modo, igualmente no habría venido, están separados desde hace dos años.

Disculpe, ¿y usted? ¿Vive en Marsella o va para arreglar algún asunto allí?

Perdóneme, pero no quiero hablar de mis asuntos, seguro que no son interesantes –respondió. –Si a usted le apetece hablar de su vida, adelante. A mí no me molesta. Yo no tengo familia, pero puedo escuchar.

Pues hablaré de mí –contestó un poco confundida, sin desalentarse por las palabras del desconocido.

Hace muchos años viví en Lyon. Era profesora y mi marido, bastante mayor que yo, murió de repente. Me quedé con dos hijas: Lucette y Monique. Mi situación era dura. Mis padres vivían lejos, en un pueblo de Bretaña, y no podían ayudarme. Tenían que criar a mis hermanos pequeños. Trabajaba mucho, intentaba asegurarles a mis hijas unas buenas condiciones materiales. Pero no tenía suficiente tiempo. Cuando volvía del trabajo, normalmente tarde, no era capaz de entablar una buena relación con ellas. Les faltaba un padre. Para una madre es difícil sacar adelante sola a sus hijas adolescentes.

Miró a su vecino para comprobar si le estaba escuchando. Asintió con la cabeza para que siguiera.

Lucette, dos años mayor de Monique, quiso independizarse rápidamente. Entonces pasó algo de lo que me arrepiento hasta el día de hoy. Y no me puedo perdonar la manera en la que actué. Lucette conoció a un chico guapo, mayor que ella. Descendía de una familia mixta, su padre era un inmigrante del Norte de África y la madre era francesa. Lucette se enamoró de Nasir. ¡Tenía solo 18 años! Tenía que empezar los estudios y conseguir una profesión para poder trabajar. Quería a mi hija primogénita y no quería permitir que dejara la educación y que echara a perder su vida. Su relación con Nasir continuó a pesar de que yo no la aceptaba. De nada valían las palabras ni las razones. Finalmente, llegó un día que nunca olvidaré. Una noche los dos vinieron a verme. Lucette me contó que estaba embarazada y me preguntó si podían vivir en la buhardilla que antes había sido la habitación de su padre. Me quedé conmocionada y, en estado de shock, les negué su petición.

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